Pasó a Medianoche (retazos de una noche de invierno)

 

Pasó a medianoche. Irrumpieron en la habitación tres hombres, despertándome de una pesadilla en la que había un río. Estaba apenas vestida. Dos puertas habían sido derribadas: una daba al jardín, la otra era frontal. Le miré a contraluz, al hombre de en medio: una masa robusta, una fisionomía vagamente familiar, largo tiempo ausente a mis quehaceres y mi vida. Le reconocí las facciones ásperas, los ojos grises, el talle largo, las manos fuertes. Era mi enemigo de hace mucho tiempo. Me dijo que me vistiera, con voz clara y firme. Luego me mostró su arma. Poco había cambiado en una década, sus ojos se notaban cansados. Lo empujaba una especie de alegría obscena y macabra, aquella que emana de un hombre que se sabe dispensador de muerte a otros hombres. Había llegado ahora mi turno. Me hicieron bajar los escalones, mientras sentía el aire vaciar mis pulmones con cada paso. Quise hablar, pero no había nada que razonar, ni enmienda posible. No quise morir sola. “Hay algo que olvidé” “No tardes”. Tomé el diario que había abandonado hace unos meses, lo abracé con fuerza, cubriendo mi corazón. Cuando llegamos a la calle noté que fumaba a mis espaldas, hasta su humo evitaba el contacto con mi piel. Me hizo subir a un auto negro. El camino se me antojó interminable –o quizá así lo deseaba-. Las calles estaban desiertas. Pasamos junto al bosque, donde ululaban los búhos, bajo las plateadas sombras del sotobosque en plenilunio. Olía a lluvia, a abeto y a tabaco. Sentía ya el acero en las luces de la ciudad, que me acribillaban en cada auto silencioso, o al pasar por los altos edificios. No tuve miedo a la muerte, pero tuve miedo a tener miedo; tuve miedo a que se apagaran las luces y mi pie tropezara, hundiendo mi cara en el lodo frío. El auto se detuvo. Cuando reanudamos la marcha casi caigo. Sentí el mareo, la brisa del mar alborotaba mi cabello, salaba mi lengua cuando tragué saliva. Había una finca, en la puerta se leía “Atanvardo”, penetramos la noche de la casa, cruzamos patios, pasillos, una arboleda breve en la que había un estanque y muchos sauces. Me hizo una seña. Había un agujero. Estuve impávida, mirando el pozo por no sé cuánto tiempo. Me voltee y sus hombres se habían ido. Me quería de rodillas, pero yo iba a morirme de pie, aunque le costara fuego. Y así fue, tres balas después supo que no todo estaba bajo su control: herida, maltrecha, exangüe; pero bien erguida. El disgusto le hizo descomponer el rostro en una mueca dura y un poco patética, que me recordó un detalle del juicio final pintado por Miguel Ángel en la capilla Sixtina. Extendí los brazos, casi sin saberlo. Y divisé un resplandor lejano: “un incendio en las montañas”. Saboree el lento fuego mientras devora el paisaje, la pesada roca, los potentes troncos, el follaje y los animales atrapados ; y más remoto aún el río y su curso de plata. Repetí en mi interior las palabras de mi padre, esas que ahora desconozco. Poco después sentí el acero en mi pecho, la caliente sangre liberada, derramándose a caudales, con cada latido. Entonces desperté en mi helado lecho. “Qué pesadilla tan vívida”, pensé, y no tardé en conciliar el sueño.

Desde entonces no he podido encontrar mi diario, y también desde entonces no ha habido noticia de mi enemigo. “Salió de noche y no ha vuelto”. Me gusta pensar que vaga en mi pesadilla con horror, entre bosques y búhos en plenilunio. Atravesando las interminables casas con sus patios y pasillos intrincados. Acompañado, eso sí, por las letras íntimas de mi diario.

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